Sobre el Año Ignaciano

Año Ignaciano

Celebramos un acontecimiento muy extraño: la herida del fundador de los jesuitas, Ignacio de Loyola en una batalla en Pamplona en 1521. Ese acontecimiento cambió el curso de su vida; llevó a la fundación de la Compañía de Jesús, que a su vez provocó cambios dramáticos en la Iglesia y en la historia del catolicismo.

El 20 de mayo de 1521, el soldado vasco Ignacio de Loyola defiende la ciudad de Pamplona (España) contra las tropas francesas. Es golpeado por una bala de cañón. Sus piernas quedan destrozadas. Sobrevive a duras penas y tiene que pasar meses recuperándose. Sus sueños de éxito y fama mundial también se ven truncados. Será cojo el resto de su vida.

Durante su recuperación, Ignacio no tiene nada que hacer. Le dan un libro sobre la vida de Jesús y una colección de libros sobre las vidas de los santos. Al principio lo hace de mala gana, pero a lo largo de los meses se inspira y quiere imitar a los santos. Cambia radicalmente su vida, centrándola en Jesús. Emprende una larga peregrinación por Europa y Tierra Santa.

El P. General Arturo Sosa dice:

Es bueno recordar que la herida que sufrió Ignacio en Pamplona no fue tanto un final feliz, como un comienzo feliz. La conversión consiste a veces en grandes momentos de cambio, pero también es un proceso interminable. Hay que poner a Cristo en el centro cada vez, una y otra vez. Este proceso es una peregrinación por caminos sinuosos, con subidas y bajadas, a veces teniendo que volver sobre nuestros pasos, a veces sintiéndonos perdidos. Pero encontrando en el camino personas que nos indican el camino y nos tienden la mano.

Queremos ponernos en camino, dejándonos guiar suavemente por el Espíritu Santo, centrando nuestra vida cada vez más en Cristo y posibilitándonos ver nuevas todas las cosas en Cristo.

Sobre la conversión de Ignacio, el Papa Francisco dijo a la Compañía de Jesús:

A lo largo de su vida se convirtió […] puso a Cristo en el centro. Y lo hizo a través del discernimiento. El discernimiento no consiste en acertar siempre desde el principio, sino en navegar, en tener una brújula para poder emprender el camino que tiene muchas curvas y vueltas, pero dejarse guiar siempre por el Espíritu Santo que nos va conduciendo al encuentro con el Señor.

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